Siete productos en producción: lo que aprendimos manteniéndolos
La mayoría de las consultoras habla de proyectos que entregó. Nosotros hablamos también de productos que seguimos manteniendo: Thor IA, Dropium, TaskFlow, Quick Rabbit, Hauzzi, Legnds y Cruxly. Siete, todos operativos hoy.
La diferencia no es una cuestión de orgullo. Entregar y desaparecer enseña poco: nunca llegas a ver qué decisiones envejecen bien. Sostener algo durante años te obliga a convivir con tus propios errores, y eso cambia cómo aconsejas.
La primera lección es la más cara de aprender: el coste no termina en el lanzamiento. Un producto vivo consume atención todos los meses. Dependencias que actualizar, infraestructura que pagar, soporte que atender, cambios pequeños que se acumulan. Quien te presupuesta solo el desarrollo te está presupuestando la mitad del proyecto.
La segunda: la arquitectura más simple que funciona casi siempre es la correcta. Cada pieza de más es una pieza que puede romperse un domingo por la noche. La tentación de sobreingenierizar es fuerte cuando el producto es nuevo y todo parece posible; se paga tres años después.
La tercera tiene que ver con la deuda técnica, que casi nunca es lo que la gente cree. No es código mal escrito: es una decisión que tomaste sabiendo que habría que rehacerla. El problema no es tomarla, muchas veces es lo correcto. El problema es no dejar escrito por qué la tomaste, porque entonces quien la encuentra dentro de dos años no sabe si puede tocarla.
La cuarta: lo que se rompe casi nunca es la parte interesante. No es el algoritmo complicado ni la funcionalidad que costó semanas. Es la integración con un tercero que cambió su API sin avisar, el certificado que caducó, la cola que se llenó porque nadie la miraba. Los incidentes reales son aburridos.
La quinta es la que más nos ha cambiado la forma de trabajar: tener productos propios modifica cómo asesoramos. Cuando recomendamos una tecnología, estamos recomendando algo con lo que convivimos nosotros. Y cuando desaconsejamos algo, normalmente es porque ya lo sufrimos.
Eso también explica por qué insistimos tanto en hablar del después. En la primera conversación con un cliente, buena parte del tiempo se va en preguntas que no son sobre construir: quién va a mantener esto, qué pasa si crece diez veces, quién responde si falla un sábado. No son preguntas cómodas para vender, pero ahorran disgustos.
Si quieres ver en qué consiste cada uno de los siete, están detallados en la página de trabajo real. Y si estás pensando en construir algo que tenga que durar, esa conversación sobre el después es justo por donde nos gusta empezar.
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